
—Enguardia
A lo largo de la historia, una de las aspiraciones más profundas —y peligrosas— del ser humano ha sido trascender sus límites y alcanzar la divinidad. En la actualidad, con los avances tecnológicos, como la inteligencia artificial y la genética, mucha gente se pregunta: ¿puede el hombre llegar a ser Dios?, ¿tenemos una capacidad divina en nuestro interior?
Joseph Smith, el fundador del mormonismo o la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, afirmó haber recibido revelaciones divinas que le transmitieron la pura doctrina cristiana original. El pilar central de esta «revelación» se basa en la idea de la exaltación, que afirma que los seres humanos pueden llegar a ser como Dios en sentido literal.
Seguidamente, analizaremos la polémica noción de la divinización del hombre, pero no sin antes estudiar el trasfondo de este mismo concepto en otras creencias religiosas, la masonería y su vínculo con Joseph Smith.
La divinización del hombre en las religiones antiguas
La idea de que el ser humano puede alcanzar un estado divino no es exclusiva del mormonismo. En muchas religiones no cristianas, la divinidad no es una categoría exclusiva, sino una realidad a la que se puede acceder mediante la iluminación, el conocimiento o el progreso espiritual.
En el hinduismo, el objetivo final de la existencia es la liberación (moksha), que se alcanza cuando el individuo reconoce que su esencia (átman) es una con la realidad última (brahman). En este contexto, la distinción entre lo humano y lo divino es ilusoria: el ser humano no se convierte en Dios, sino que despierta a la verdad de que siempre lo ha sido en esencia. Esta cosmovisión disuelve la frontera entre creador y criatura.
Los hindúes son muy devotos de sus dioses, a los que consideran manifestaciones del dios supremo Brahman. Sin embargo, estos dioses no se corresponden con el Dios de la Biblia. Las divinidades hindúes tienen funciones específicas y permanecen en el ciclo de nacimiento y muerte (samsara). Algunos textos y tradiciones sostienen que, mediante méritos espirituales, austeridades (tapas) o karma, un ser humano puede renacer como un deva en vidas futuras.
El budismo, aunque no postula un Dios creador personal, enseña que el ser humano puede alcanzar la iluminación total (nirvana), trascendiendo así el sufrimiento, el deseo y la individualidad. En algunas corrientes, figuras como los bodhisattvas adquieren atributos que, funcionalmente, los sitúan en un plano casi divino. Un ejemplo claro de esto lo encontramos en Tenzin Gyatso, conocido oficialmente como «Su Santidad el Dalai Lama». El Dalai Lama es considerado la reencarnación de Avalokiteshvara, el bodhisattva de la compasión, un ser iluminado que, en lugar de entrar en el nirvana, elige renacer para ayudar a la humanidad.

En las religiones politeístas del mundo antiguo, especialmente en Grecia y Roma, la divinización humana era explícita. Héroes y emperadores podían ser elevados al estatus de dioses. Un ejemplo concreto de esta práctica lo encontramos en el culto al César en la antigua Roma.
Los emperadores romanos eran honrados como dioses en vida, recibían ofrendas, tenían templos y títulos divinos. Los ciudadanos romanos no solo rendían homenaje a su figura como gobernante político, sino también como intermediario divino entre los humanos y los dioses tradicionales, lo que consolidaba la autoridad imperial y fusionaba el poder político con el estatus divino.
El gnosticismo, un conjunto diverso de corrientes religiosas y filosóficas surgidas en los primeros siglos de nuestra era, enseñaba que en el interior del ser humano existe una chispa divina atrapada en la materia. Según esta visión, la salvación no se alcanza mediante la obediencia o la fe, sino a través del conocimiento secreto (gnosis), que permite al individuo despertar a su verdadera naturaleza divina. En muchas de estas escuelas, el ser humano no solo participa de lo divino, sino que puede llegar a reconocerse a sí mismo como tal, trascendiendo el mundo material y retornando al plano espiritual del que procede.
La masonería y la idea de la divinización del hombre
La masonería, aunque no se define formalmente como una religión, posee una cosmovisión espiritual que promueve la perfección progresiva del ser humano. Mediante símbolos, rituales y grados de iniciación, el masón avanza hacia la iluminación, el conocimiento y la elevación espiritual.
La figura del Gran Arquitecto del Universo permite una concepción amplia y ambigua de la divinidad, mientras que se hace hincapié en el progreso moral e intelectual del ser humano. En este sistema, el ser humano no depende de la gracia divina revelada, sino de su propio perfeccionamiento, lo que implica una forma de autoexaltación espiritual.
Sin embargo, sería erróneo hablar de la masonería solo como una religión moral de perfeccionamiento humano. George H. Steinmetz, uno de los masones más importantes de Norteamérica, dejó muy clara su meta:
“Quédate quieto y sabe que yo soy Dios… Que yo soy Dios: el reconocimiento definitivo del Todo en el Todo, la unidad del Ser con el Cosmos, ¡el conocimiento de la divinidad del ser!”
Steinmetz dejó claro que su objetivo era llegar a ser Dios. Esto no es un caso aislado: Manly P. Hall, masón del 33.º grado, dijo que «el hombre es Dios en formación…». Por su parte, el escritor masón Joseph Fort Newton afirmó que el propósito de que Dios se hiciera hombre fue que «el hombre pueda llegar a ser Dios».
Joseph Smith y su relación con la masonería
La conexión entre Joseph Smith y la masonería está bien documentada históricamente. En 1842, Smith fue iniciado como masón en Nauvoo, Illinois, y poco después introdujo en el templo mormón ceremonias que presentan claras similitudes con los rituales masónicos, incluidos símbolos, juramentos, vestimentas y una progresión por grados.

Los templos mormones presentan muchas similitudes con los edificios masónicos y en ellos se pueden observar símbolos en común. En el templo mormón de Salt Lake City, aparte de la estatua del «ángel» Moroni (un profeta resucitado que se le apareció a José Smith) e imágenes de planetas y constelaciones, se puede ver claramente un pentagrama (utilizada también en el satanismo) y el ojo de Horus, símbolos masónicos.
Al igual que en la masonería, en el mormonismo los rituales son un aspecto central de su religión. Las señales, gestos y apretones de manos relacionados con ceremonias o para verificar la identidad de un individuo son comunes en ambas religiones, aunque con un significado algo diferente.
Es cierto que el mormonismo no puede reducirse simplemente a la masonería, pero el contexto masónico ayuda a comprender el entorno intelectual y simbólico en el que Smith desarrolló muchas de sus ideas, especialmente las relacionadas con el progreso espiritual, el conocimiento secreto y la exaltación del ser humano.
La doctrina mormona: exaltación y potencial divino
La doctrina mormona enseña que Dios el Padre fue en otro tiempo un hombre que progresó hasta alcanzar la divinidad, y que los seres humanos, en tanto que sus hijos espirituales, poseemos el mismo potencial. Esta enseñanza se articula principalmente a través del concepto de exaltación, el grado más alto de salvación en la teología mormona:
“La exaltación es la vida eterna, la clase de vida que Dios vive. Él vive en gran gloria y es perfecto. Él posee todo conocimiento y toda sabiduría; es el Padre de hijos espirituales; es un creador. Nosotros podemos llegar a ser como nuestro Padre Celestial: eso es la exaltación.” (Principios del Evangelio, cap. 47)
El verdadero evangelio, enseña que fue el Verbo (Jesús) quien creó el mundo (Juan 1:1-3) y que no hay nadie fuera de él que pueda hacer esto. Sin embargo, el evangelio mormón nos informa tácitamente que el Padre “es un creador”, no “el creador”. Es decir, el hombre puede llegar a ser como un dios creador. Podemos llegar a ser como Él.
“Los Santos de los Últimos Días ven a todas las personas como hijos de Dios en un sentido total y completo, y consideran que cada persona tiene un origen, una naturaleza y un potencial divinos. Cada uno de nosotros tiene un núcleo eterno y es “un amado hijo o hija procreado como espíritu por padres celestiales”. Cada uno posee semillas de divinidad y debe escoger vivir en armonía o en tensión con dicha divinidad. Por medio de la expiación de Jesucristo, todas las personas pueden “progresar hacia la perfección y finalmente lograr su destino divino”. Tal como un niño puede desarrollar los atributos de sus padres con el tiempo, la naturaleza divina que heredan los seres humanos puede desarrollarse.” (Llegar a ser como Dios, ensayo mormón)
Históricamente, esta doctrina fue expresada sin ambigüedad por líderes tempranos como Lorenzo Snow, quien resumió la teología mormona con la conocida frase: «Como el hombre es ahora, Dios una vez fue; como Dios es ahora, el hombre puede llegar a ser».
Aunque en la actualidad la Iglesia suele emplear un lenguaje más cuidadoso y menos gráfico, la esencia de esta doctrina permanece intacta. Los textos oficiales siguen afirmando que los exaltados serán «herederos de Dios» en un sentido literal y eterno. Desde una perspectiva bíblica y evangélica, esta enseñanza redefine radicalmente la naturaleza de Dios. Se le presenta como un ser exaltado dentro de una cadena eterna de progresión y no como el Dios eterno, increado e incomparable de la Biblia.
Satanás y el deseo de ser como Dios
La Biblia no presenta el deseo de ser como Dios como una meta legítima, sino como el origen de la rebelión espiritual. El profeta Isaías describe con claridad la soberbia de Satanás al querer llegar a ser como Dios:
«Tú que decías en tu corazón: Subiré al cielo; en lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono, y en el monte del testimonio me sentaré, a los lados del norte; sobre las alturas de las nubes subiré, y seré semejante al Altísimo. Mas tú derribado eres hasta el Seol, a los lados del abismo.» (Isaías 14:12-15)
De manera similar, Ezequiel 28:12-17 describe a un ser exaltado que, por su orgullo, cae al intentar ocupar un lugar que no le corresponde: «Se enalteció tu corazón a causa de tu hermosura, corrompiste tu sabiduría a causa de tu esplendor». Este texto sitúa a Satanás en el Edén como «querubín grande, protector».
Los querubines son los seres celestiales más cercanos al trono de Dios. Lucifer posiblemente era el líder y ocupaba un lugar privilegiado. Su esplendor era como el de ningún otro ser creado. Pero eso no le fue suficiente, ya que, impulsado por su ambición, quiso hacerse «semejante al Altísimo», buscando la admiración y el reconocimiento divino. Este mismo deseo fue manifestado a Eva, a quien sedujo con estas palabras. «Se os abrirán los ojos y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal». (Gén. 3:5). Como vemos en las diversas creencias que sostienen la divinización del ser humano, el plan de seducir a los hombres con estas falsas promesas sigue vivo y coleando.
Algo que los mormones no suelen hablar abiertamente es la idea de que, según el mormonismo, Dios Padre mantuvo relaciones sexuales con una o varias mujeres, con las que procreó millones de seres espirituales, entre ellos Jesús (el primogénito) y sus hermanos; es decir, Satanás y el resto de los seres humanos. No obstante, el plan del Padre era que todos sus hijos pudieran ser exaltados y encarnados como él. Sin embargo, para que este plan se cumpliera, todos sus hijos tendrían que pecar y morir, por lo que necesitarían un salvador que les hiciera resucitar con cuerpos exaltados, cumpliendo así el propósito del Padre.
La Perla de gran precio, uno de los libros sagrados del mormonismo, enseña que Lucifer se negó a este plan “divino” porque quería salvar a todo el mundo quitándoles la libertad de escoger, además de querer todo el honor. Jesús, sin embargo, aceptó el plan del Padre y escogió sufrir por los pecados de la humanidad y ser el Salvador.
Cabe señalar aquí que el pecado de Satanás no fue querer ser como Dios, como dicen las Escrituras, sino querer salvar al mundo. Uno debería preguntarse si Dios no es injusto por castigar a Satanás. ¿Tanto mal hizo?
Por otro lado, el mormonismo interpreta que Dios Padre fue el que ideó la misma caída y transgresión del hombre. ¡Su plan era que el hombre pecara y muriera desde el principio! Esto es algo que la Biblia niega rotundamente. Además, la doctrina mormona, basada en revelaciones extrabíblicas, presenta una gran inconsistencia teológica al afirmar que el ser humano puede llegar a ser como Dios y, al mismo tiempo, asegurar que Satanás, que quiso ser como Dios, será castigado algún día por su transgresión.
Lo que enseña la Biblia
La Biblia afirma de manera consistente que Dios es único, eterno e incomparable. Isaías 43:10 declara explícitamente: «Antes de mí no hubo dios alguno, ni lo habrá después de mí». El texto no deja lugar a la existencia de una cadena de dioses pasados o futuros. Aunque los creyentes estamos llamados a ser transformados y glorificados, esta transformación nunca elimina la distinción ontológica entre Dios y el ser humano.
Las personas que hayamos puesto nuestra esperanza en Cristo seremos transformados a su imagen, semejantes al “cuerpo de su gloria» (Fil. 3:20-21), resucitaremos “en poder” (1 Cor. 15:42-44) y participaremos de la “naturaleza divina» (2 Pedro 1:4). Aunque en este mundo, seamos maltratados y pisoteados, en el próximo viviremos con honra y gloria.
Sin embargo, el destino del creyente es ser conformado a la imagen de Cristo, no convertirse en Dios. Esto no significa que obtendremos los mismos privilegios y honores que el Hijo, pues Él es quien está sentado a la diestra de Dios. Él es la verdadera estrella resplandeciente de la mañana (Ap. 22:16), el Alfa y el Omega, el Principio y el Fin.
A él sea la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. Amén.
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