
por León Zarco
En el mundo moderno en el que nos movemos, los templos forman parte de nuestro pasado, pero no de nuestro presente. Visitamos el Panteón romano, las pirámides y las ruinas de los templos egipcios o el Partenón de Atenas pensando que todo esto, aunque interesante, no son más que los restos de un pasado muy lejano. Sin embargo, en muchas partes del mundo la gente sigue considerando los templos como parte de su cultura y religión. Basta con ver los transitados templos hindúes de la India, los famosos santuarios budistas de Nepal o los lugares sagrados del sintonismo para darse cuenta de esta realidad.
Para muchos judíos, el Templo de Jerusalén no es solo un recuerdo del pasado, sino la esperanza de un sueño que esperan ver cumplido en sus días. La visión del Tercer Templo de Jerusalén arde en el corazón de quienes esperan la llegada del Mesías. Para los cristianos, su reconstrucción transmite el cumplimiento de las profecías bíblicas; para los judíos, es la última pieza del rompecabezas que iniciará el reino mesiánico; para muchos musulmanes, es una desgracia que intentan evitar a toda costa. La idea del Tercer Templo de Jerusalén es, para bien o para mal, un hecho que debemos investigar a fondo si queremos comprender mejor el conflicto actual en Israel y su trasfondo espiritual, y esto solo lo podemos hacer analizando su contexto histórico, teológico y espiritual.
Historia del Templo de Jerusalén
La historia del Templo de Jerusalén es larga, misteriosa y fascinante. El santuario más importante de los israelitas no se originó en ninguna ciudad importante del antiguo Oriente Medio, ni en Jerusalén, sino en el lugar más inhóspito imaginable: el desierto del Sinaí.
Del Tabernáculo al Primer Templo de Jerusalén – Línea de Tiempo |
| 1446-1445 a.C. – Dios ordena a Moisés la construcción del Tabernáculo en el Sinaí tras el Éxodo. El Tabernáculo es erigido. La gloria del Señor lo llena todo. Comienza el sistema sacrificial formal de Israel.
1406-1399 a.C. – El Tabernáculo entra en Canaán, la Tierra Prometida, después de cruzar el Jordán. En el año 1340 a.C. el Tabernáculo se establece en Silo, donde permanece como centro religioso durante el período de los Jueces. 1050 a.C. – El Arca del Pacto es capturada por los filisteos y luego devuelta, pero ya no regresa a Silo; comienza la separación entre el Arca y el Tabernáculo. 1000 a.C. – David traslada el Arca a Jerusalén, mientras el Tabernáculo permanece en Gabaón. 966 a.C. – Salomón construye el Primer Templo en Jerusalén y traslada el Arca al Lugar Santísimo; el Tabernáculo queda reemplazado como santuario central. |
El Tabernáculo en el desierto
La historia del Tabernáculo, comienza con una sencilla tienda hecha con pieles de animales, que Dios mismo diseñó y ordenó construir a los israelitas después de ser rescatados de los egipcios por medio de Moisés. Esta tienda, llamada Tabernáculo en la Biblia, fue el punto de encuentro entre Jehová y el pueblo de Israel.
El Tabernáculo era una tienda portátil de aproximadamente 13,5 metros de largo, 4,5 metros de ancho y 4,5 metros de alto. Para un transeúnte ocasional, el Tabernáculo podría parecer insignificante. Sin embargo, este era el lugar que Dios había elegido para reunirse con su pueblo.
El interior de esta tienda, al que solo podían acceder los sacerdotes, revelaba una realidad muy diferente a la apariencia externa. En su interior se podían ver magníficos bordados de querubines sobre telas coloridas y elaboradas mesas, columnas y objetos recubiertos de oro que, aunque sencillos en su disposición, manifestaban la pureza y gloria de Dios.
El Arca de la Alianza, uno de los objetos más emblemáticos, se encontraba detrás del velo, en un pequeño espacio llamado «Lugar Santísimo». Esta caja de oro, cubierta por dos querubines, guardaba las Tablas de la Ley, el maná y la vara de Aarón reverdecida. El Arca acabaría reposando en el Primer Templo de Jerusalén unos cientos de años más tarde.
Estos objetos y los rituales asociados al Tabernáculo pueden parecer extraños a primera vista. Pero, si los examinamos con detenimiento, nos ayudan a comprender el plan divino de Dios para la humanidad. Algunos de los aspectos alegóricos que nos presenta el Tabernáculo son los siguientes:
- El sacerdocio mediador: el ministerio sacerdotal señala la necesidad de un mediador entre Dios y el hombre (Hebreos 4:14-16)
- El creyente como templo: anticipa la morada de Dios en el creyente por medio del Espíritu Santo. (1 Corintios 3:16; 6:19) El Tabernáculo, hecho de pieles de animales, representa al hombre, con quien Dios desea morar.
- La separación entre Dios y el hombre: el velo que separaba el Lugar Santísimo del resto del Tabernáculo, representa la barrera causada por el pecado. (Isaías 59:2) El velo fue rasgado al morir Jesús en la cruz (Mateo 27:51), anunciando que podemos acceder directamente a Dios por medio de Jesús.
El Monte del Templo en Jerusalén
Cientos de años antes de la construcción del Tabernáculo, siguiendo instrucciones divinas, el profeta Abraham se dirigió al monte Moriah con la intención de sacrificar a su hijo. Pero, estando a punto de poner fin a la vida de su «único» hijo, el Altísimo, en un acto de misericordia, envió un carnero como sustituto, salvando así a su amado hijo de la muerte que le esperaba.
Este hecho fue un presagio de lo que sucedería dos mil años después, cuando el Hijo, Cristo, fue sacrificado por nuestros pecados en Jerusalén. El lugar donde sucedió el primer evento también es revelador. El monte Moriah, donde se puso a Isaac como ofrenda, es el mismo lugar donde se terminó construyendo el Primer Templo de Jerusalén.
Más adelante, la Biblia también nos dice que Dios se enfadó grandemente con el rey David por querer realizar un censo en Israel, lo cual provocó una gran peste que acabó con la vida de miles de personas. Pero David, al pedir clemencia y reconocer su pecado (2 Samuel 24:17), logró despertar la misericordia de Dios, haciendo que cesara la mortandad. El lugar donde el ángel destructor finalizó su matanza (y donde David vio al ángel) fue la era de un jebuseo llamado Arauna (o Ornan). Siguiendo las instrucciones del profeta Gad, David construyó un altar en ese lugar y le compró la tierra a Arauna. Según 2 Crónicas 3:1, Salomón construyó el templo en este mismo lugar, que coincide con el monte Moriah.
En la actualidad, la explanada donde se encuentran la mezquita de Al-Aqsa y la Cúpula de la Roca se halla prácticamente en el mismo lugar donde se construyeron el Primer y el Segundo Templo de Jerusalén. Se cree que el santuario musulmán conocido como la Cúpula de la Roca se alza en el lugar donde Abraham estuvo a punto de sacrificar a Isaac. Esta historia solo aparece en unos pocos versículos de la sura 37, y no menciona el personaje que Abraham iba a sacrificar, aunque la mayoría de los musulmanes creen que fue Ismael y no Isaac. El texto islámico también omite el lugar exacto de este evento, lo que da a pensar que su ubicación se extrapoló de la tradición judía y no de la musulmana.
El primer Templo de Jerusalén
Después de vagar por el desierto durante cuarenta años, los israelitas entraron finalmente en la Tierra Prometida. El Tabernáculo reposó en Silo, Nob y Gibeón durante varios siglos. El arca de la alianza fue capturada por los filisteos cuando atacaron Silo (c. 1050 a. C.), pero después de las plagas que sacudieron su país, fue devuelta a los israelitas en Bet Shemesh. Después, la llevaron a Quiriat Jearim, donde permaneció por más de veinte años. En el año 1000 a. C., David trasladó el arca a Jerusalén y la colocó en una tienda temporal.
Aunque David deseaba construir una casa para Yahvé, Dios le indicó que no sería él quien lo hiciera, sino un descendiente suyo (2 Samuel 7:5-13). David, «hombre de guerra» (2 Samuel 28:3), preparó todo lo necesario para el proyecto, incluidos los planos y los materiales, pero fue su hijo Salomón, llamado «paz», quien construyó el Templo de Jerusalén en el año 957 a. C. El arca de la alianza y todos los utensilios fueron llevados al templo en una ceremonia narrada con detalle en 2 Crónicas 5, donde la gloria del Señor llenó la «casa de Jehová». Curiosamente, dentro del arca solo se encontraban las Tablas de la Ley. (2 Cr. 5:10)
El Primer Templo estuvo en pie más de 400 años, hasta que en el año 586 a. C. fue destruido por Nabucodonosor y las fuerzas babilónicas, lo que tuvo un profundo impacto en la vida política y espiritual de Israel. El periodo comprendido entre la destrucción del Primer Templo y su reconstrucción fue un tiempo de revelación profética. En este periodo se completó el Antiguo Testamento con grandes profetas como Isaías, Jeremías, Ezequiel o Daniel. Dios estaba llamando a su pueblo al arrepentimiento y preparando el camino para la llegada del Mesías.
Línea de Tiempo del Segundo Templo de Jerusalén – Tiempo intertestamental. |
| Periodo Persa (539–332 a.C.)
539 a.C. —Ciro el Grande conquista Babilonia y permite a los judíos regresar a Jerusalén. 536-516 a.C. — Bajo Zorobabel y el Sumo Sacerdote Josué se colocan los cimientos del Segundo Templo. Se completa en el 516 a.C. y es restaurando el culto en Jerusalén, marcando el fin del exilio. Judea continua como una provincia del imperio persa. Periodo Helénico (332–142 a.C.) 320–198 a.C. — Ptolomeo I toma Jerusalén en el 320 a.C. Judea queda bajo dominio de los Ptolomeos egipcios. Período de relativa estabilidad. 198 a.C. — Antíoco III de Siria derrota a los Ptolomeos; Judea queda bajo dominio seléucida. 175–164 a.C. — Antíoco IV Epífanes impone helenización forzada, profana el Templo y prohíbe la Ley. 167-164 a.C. — Comienza la Revuelta Macabea liderada por Matatías y Judas Macabeo. En el año 164 a.C. se purifica el Templo y se celebra la primera fiesta de la Janucá. Periodo de Independencia Judía (142–63 a.C.) Periodo Romano (63 a.C.–70 d.C.) 63 a.C.— Pompeyo conquista Jerusalén; Judea queda bajo dominio romano, limitando la independencia judía. 37 a.C. — Roma instala a Herodes el Grande como rey 20 a.C. — Se inician las reformas del Templo de Jerusalén, convirtiéndolo en un complejo monumental; la construcción continúa durante décadas. 70 d.C. — El Templo de Herodes es destruido por Tito durante la revuelta judía, terminando con el culto sacrificial y marcando el comienzo de la diáspora prolongada. |
El segundo Templo de Jerusalén
Tras la destrucción del Primer Templo por los babilonios en el 586 a. C., los israelitas fueron llevados al exilio y Jerusalén quedó desolada. Sin embargo, décadas más tarde, cuando los persas conquistaron Babilonia, Ciro el Grande permitió que los judíos regresaran a su tierra y reconstruyeran el templo (Esdras 1:1-4). Así comenzó la construcción del Segundo Templo, un santuario menos lujoso que el de Salomón, pero igualmente importante para la vida religiosa y espiritual del pueblo de Israel. Este templo restauró la práctica del culto en Jerusalén y se convirtió nuevamente en el símbolo distintivo del pueblo judío.
A diferencia del Primer Templo, el Segundo Templo no albergó el Arca de la Alianza, ya que esta había desaparecido tras la destrucción de Jerusalén y no hay constancia de que fuera trasladada durante el exilio. Según la tradición, el destino del Arca sigue siendo un misterio; algunas teorías sugieren que pudo haber sido escondida antes de la invasión babilónica o llevada a un lugar secreto, pero su paradero nunca ha sido confirmado.
Durante los doscientos años siguientes, los judíos estuvieron bajo el dominio del Imperio persa. En el año 332 a.C. Alejandro Magno conquistó la Tierra Santa, marcando el inicio de un período de helenización. Después de que Alejandro muriera, uno de sus generales, Ptolomeo I, conquistó Jerusalén (320 a. C.) y la mantuvo bajo dominio ptolemaico durante casi un siglo.
En el año 198 a. C. Antíoco III derrotó a Egipto y Judea pasó a dominio seléucida. En el año 167 a. C., Antíoco IV Epífanes profanó el Templo de Jerusalén, erigiendo un altar a Zeus y sacrificando un cerdo. Tanto la conquista de Alejandro Magno como la profanación de Antíoco IV se describen con detalle en la profecía de Daniel 8 y 11:1-35, y son un presagio de la «abominación desoladora» (Mateo 24:15) que establecerá el Anticristo en el Templo de Jerusalén durante la Gran Tribulación, como veremos más adelante.
Unas décadas más tarde, los judíos se sublevan contra las fuerzas helénicas bajo el liderazgo de Judas Macabeo y logran la independencia política en el año 142 a. C., estableciendo un gobierno en el que el rey también cumple la función de sacerdote. Sin embargo, debido a la corrupción y a los conflictos internos, el reino se disolvió cuando el general romano Pompeyo conquistó Jerusalén en el año 63 a. C. Desde entonces, Israel no volvería a ser independiente hasta 1948.
En el año 20 a. C., Herodes el Grande (el rey que intentó acabar con la vida del Mesías) inició la ampliación del Segundo Templo de Jerusalén y lo transformó en un complejo mucho más grande y lujoso, conocido como el Templo de Herodes. Poco antes de la muerte de Jesús, sus discípulos se maravillaron del santuario remodelado por Herodes, pero se quedaron asombrados al escuchar a Jesús pronunciar esta profecía:
“En cuanto a estas cosas que veis, días vendrán en que no quedará piedra sobre piedra, que no sea destruida.” —Lucas 21:6
La destrucción del segundo Templo de Jerusalén, el anhelo por reconstruirlo y las tensiones actuales
En el año 70 d. C., las legiones romanas arrasaron Jerusalén y destruyeron el Segundo Templo, lo que frustró la esperanza judía durante muchos siglos. Durante la época romana hubo intentos frustrados de reconstrucción. Por ejemplo, el proyecto del emperador Juliano en el siglo IV, que nunca llegó a completarse. A lo largo de los siglos posteriores, el anhelo del templo permaneció vivo en la oración diaria judía, aun cuando las condiciones políticas lo hacían imposible.
Contra todo pronóstico, los judíos consiguieron frenar el avance de la alianza arabe en la guerra de independencia de 1947-1948. Aunque los judios vieron renacer a su nación en mayo 14 de 1948, Jerusalén y gran parte de Judea y Samaria (Cisjordania) quedaron bajo dominio de los jordanos. Sin embargo, en la guerra de los Seis Días de 1967, Israel consiguió tomar gran parte del territorio, incluida Jerusalén.
Sin embargo, el gobierno judío hizo lo impensable. En lugar de tomar posesión del Monte del Templo, Israel decidió otorgar su administración al Waqf jordano, una institución responsable de proteger los lugares sagrados musulmanes.
El Templo de Jerusalén en la actualidad
En la actualidad, el lugar donde se levantó el Templo de Jerusalén es uno de los puntos más sensibles del planeta. El Monte del Templo, conocido por los musulmanes como Haram al-Sharif, alberga el Domo de la Roca (donde supuestamente Abraham sacrificó a Isaac) y la mezquita de Al-Aqsa. Esta realidad convierte cualquier referencia al Tercer Templo en una cuestión sumamente delicada. Los ataques perpetrados por Hamás el 7 de octubre de 2023 bajo el nombre de «Operación Inundación de Al-Aqsa» estuvieron motivados en gran parte por la disputa en torno a Jerusalén y la defensa islámica de Al-Quds, lo que deja claro que se trata de un conflicto no solo territorial, sino también espiritual.
En este clima de creciente tensión, el renovado interés judío por las vacas rojas —necesarias, según la Ley de Moisés, para la purificación ritual vinculada al servicio del Templo— genera preocupación en el mundo musulmán. Para muchos líderes y movimientos islamistas, cualquier paso que apunte a la restitución del culto judío en el Monte del Templo se percibe como una amenaza directa contra el estatus quo de Haram al-Sharif.
¿Qué dice la Biblia sobre el Tercer Templo de Jerusalén?
Hay muchos temas en la Biblia que no se mencionan con términos exactos o palabras teológicas modernas (como la trinidad o el arrebatamiento), pero que sí tienen una buena base bíblica. Uno de estos casos es el Tercer Templo de Jerusalén, un término que no aparece explícitamente en la Biblia. Sin embargo, existen numerosos pasajes que mencionan claramente un templo o santuario en los últimos tiempos. Debido a que el Segundo Templo de Jerusalén fue destruido por los romanos en el año 70 a. C., se deduce lógicamente que, si las profecías son ciertas, habrá un Tercer Templo en Jerusalén.
No obstante, es importante recalcar lo que queremos decir con el «Tercer Templo», ya que, cuando hablamos del Tercer Templo del reino mesianico, nos referimos más bien a un cuarto templo. Por lo tanto, hay que distinguir entre el santuario que se construirá poco antes de que empiece la Gran Tribulación y el templo que habrá en el reino milenial que instaurará el Mesías.
Referencias del Templo mesiánico (el «cuarto templo» de Jerusalén)
Uno de los textos que apuntan a la idea de un futuro templo en Jerusalén es Isaías 2:2-3, donde se dice que, en los últimos tiempos, «será confirmado el monte de la casa de Jehová como cabeza de los montes» (cf. Miqueas 4:1-2). En muchas culturas, especialmente en las de la antigua Mesopotamia y el Levante, las montañas solían tener un significado espiritual profundo. Muchos santuarios, templos y altares se construían en las cimas de las montañas. En la Biblia encontramos algo similar, aunque con matices diferentes.
No es casualidad que el lugar donde Moisés se encontró con Dios cara a cara y recibió la Ley y los Diez Mandamientos fuera el monte Sinaí. Curiosamente, después de escapar de los egipcios, Moisés escribió este salmo:
Tú los introducirás y los plantarás en el monte de tu heredad,
En el lugar de tu morada, que tú has preparado, oh Jehová,
En el santuario que tus manos, oh Jehová, han afirmado.
Jehová reinará eternamente y para siempre. —Éxodo 15:17-18
Aunque el «monte de tu heredad» posiblemente haga referencia a Israel como la Tierra Prometida, «el santuario» (mikdash) es algo más específico. La palabra mikdash es muy recurrente en la Biblia y puede traducirse como «santuario» o «templo». La palabra más común en hebreo para describir el Templo de Jerusalén es Beit HaMikdash (בֵּית־הַמִּקְדָּשׁ), que se traduce literalmente como «Casa del Santuario».
El Monte y la Casa de Dios — Isaías 2:2-3; 66:18-24
El monte Moriah, donde se construyó el Templo, es una montaña de unos setecientos metros de altitud en la que se asienta la ciudad de Jerusalén. Isaías 2:2-3 nos dice que este monte (Sión/Jerusalén) será la «cabeza de todos los montes» y que muchos pueblos irán «a la casa del Dios de Jacob». Isaías 66:18-24 relata que las naciones irán a adorar al «santo monte de Jerusalén» cada mes y cada día de reposo (sábado). Curiosamente, el texto también nos informa de que habrá «sacerdotes y levitas» en aquellos días.
El Renuevo edificará el Templo de Jerusalén — Zacarías 6:9-15
Zacarías 6:9-15 nos dice que vendrá un hombre llamado Renuevo (rama, cf. Is. 4:2) que «edificará el templo de Jehová» y «dominará en su trono; y habrá sacerdote a su lado». La última parte puede leerse también como «será sacerdote en su trono». En este caso, el Renuevo, el Mesías, ocupará los roles de rey y sacerdote, y será el encargado de edificar el santuario. Además, el texto prosigue con una información importante:
«Los que están lejos vendrán y ayudarán a edificar el templo de Jehová.» —Zacarías 6:15
Aunque el Renuevo será el encargado de edificar el templo, habrá otros que ayudarán a construirlo. Esto no se cumplió con el Segundo Templo, ya que el Mesías aún no ha comenzado a reinar desde su trono en Jerusalén, aunque sí está sentado a la diestra del Padre.
Restitución del ministerio sacerdotal del Tercer Templo — Jeremías 33
En Jeremías 33, un capítulo que habla sobre la restauración espiritual y nacional de Israel y que está ligado al Nuevo Pacto, relata de nuevo que en el tiempo que haga brotar al Renuevo, «no faltará a David varón que se siente sobre el trono de la casa de Israel. Ni a los sacerdotes y levitas faltará varón que delante de mí ofrezca holocausto y encienda ofrenda, y que haga sacrificio todos los días.» (Jer. 33:17-18) Vemos de nuevo una conexión entre la restauración del reino de Israel y la restauración sacerdotal.
El Templo mesiánico de Ezequiel — Ezequiel 40-48
No obstante, el texto bíblico que ofrece una descripción más explícita del Tercer Templo (o «cuarto templo» mesiánico) es Ezequiel 40-48, que nos muestra los planes detallados de un futuro templo. En él se describe una estructura real con puertas, atrios, el Lugar Santísimo y cámaras destinadas a los «hijos de Sadoc», los cuales también reciben su porción de la Tierra Santa.
Una de las características destacadas de este templo es la presencia de un río que fluye desde la parte oriental y que, a medida que desciende, aumenta su caudal hasta alcanzar un nivel en el que no puede ser cruzado a pie. (Ez. 47:5) El río llegará hasta el desierto de Araba y dará vida al mar Muerto. Las aguas del río darán vida a los árboles, que producirán frutos comestibles y cuyas hojas servirán como medicina (Ez. 47:12).
Quizá el aspecto más significativo de todo esto es que la gloria de Jehová regresará al templo por la puerta oriental. (Ez. 43) La llegada del Mesías desde el oriente se puede ver en varios pasajes bíblicos, incluso en el Nuevo Testamento, pues Jesús mismo declaró que vendría de la misma manera que se fue. (Hch. 1:11) El lugar donde ascendió a los cielos es el monte de los Olivos, al este de Jerusalén.
El templo descrito en el libro de Ezequiel no corresponde al Segundo Templo, ya que las dimensiones de ambos edificios no coinciden. Tampoco ha existido nunca el río descrito en Ezequiel 47 ni la gloria de Dios ha estado presente en el Segundo Templo tal y como la describe el profeta. Si consideramos que esta profecía debe cumplirse, también debemos creer que el Tercer Templo se construirá en el futuro.
Referencias del Templo del Apocalipsis o del Anticristo
El texto central que hace referencia a un santuario construido en Jerusalén en los últimos días o en tiempos del Apocalipsis es la profecía de las setenta semanas de Daniel 9:24-27. Estas setenta semanas equivalen a 490 años en total y se dividen en tres fases:
- 7 semanas (49 años): reconstrucción de Jerusalén, comenzando con el decreto de Artajerjes en el año 444 a.C. (Neh. 2:5-8,17,18)
- 62 semanas (434 años): Se quita la vida del Mesías (Cristo) en el año 33 d.C.
- 1 semana (7 años): Anticristo hará un pacto de siete años que romperá a la mitad de este periodo, comenzando una gran persecución.
Daniel fue un profeta que vivió en el exilio en Babilonia y esperaba ver la restauración de Israel en sus días, pues sabía que esto iba a ocurrir después de setenta años de exilio, según había dicho el profeta Jeremías. Sin embargo, el ángel Gabriel le reveló que antes de la completa restauración de Israel sucederían varias cosas.
En la primera fase (49 años), los judíos reconstruirían Jerusalén, y en la segunda (434 años después), el Mesías sería «cortado», lo que coincide con la crucifixión de Jesús en el año 33 d. C. Sin embargo, hay un paréntesis hasta que comience la última fase de siete años.
La última semana es la que comúnmente conocemos como la Gran Tribulación, y a la cual Jesús mismo hace referencia en Mateo 24:15, hablando explícitamente sobre la «abominación desoladora», es decir, el Anticristo sentándose en el templo como Dios. En la segunda epístola a los tesalonicenses, un texto que muchos creen que habla sobre el arrebatamiento de la Iglesia, se afirma que el «hijo de perdición» se sentará en «el templo de Dios como Dios, haciéndose pasar por Dios». (2 Ts 2:3-4). Daniel 9:27 nos dice que:
«Por otra semana confirmará el pacto con muchos; a la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda.»
En resumen, después de un largo paréntesis, en algún momento de nuestra historia (posiblemente pronto), el Anticristo hará un pacto con Israel, lo que dará inicio al periodo de la Gran Tribulación. No obstante, transcurridos tres años y medio, el «hijo de perdición» romperá su pacto y mostrará su verdadera cara al sentarse en el Templo de Jerusalén como si fuera Dios mismo. En el Apocalipsis 11 se hace referencia a este templo. El texto relata que un ángel le da una caña de medir al apóstol Juan para medir el «templo de Dios».
«Entonces me fue dada una caña semejante a una vara de medir, y se me dijo: Levántate, y mide el templo de Dios, y el altar, y a los que adoran en él. Pero el patio que está fuera del templo déjalo aparte, y no lo midas, porque ha sido entregado a los gentiles; y ellos hollarán la ciudad santa cuarenta y dos meses. Y daré a mis dos testigos que profeticen por mil doscientos sesenta días, vestidos de cilicio.» —Apocalipsis 11:1-3
La referencia al Templo de Jerusalén en este texto no puede ser más clara. Al igual que Ezequiel (Ez. 40:5, 13), Juan mide el templo con una caña de medir. La única diferencia es que, mientras el profeta Ezequiel ve cómo el ángel lo mide, en Apocalipsis es Juan quien lo hace.
No se debería pasar por alto este hecho. La medición del Templo podría indicarnos que el edificio es real y no una representación simbólica. Si las instrucciones para construir el Tabernáculo fueron reales, deberíamos deducir que los detalles sobre el Templo que aparecen en Ezequiel, el Apocalipsis y otros pasajes bíblicos también lo son.
¿Se realizarán sacrificios en el Tercer Templo de Jerusalén?
Si va a haber un templo en Jerusalén, también habrá sacrificios. Esto puede chocar con algunas percepciones cristianas que dan por hecho que la ley mosaica no está vigente en la actualidad y que, por tanto, los sacrificios no pueden restaurarse de ninguna manera.
No cabe duda de que este es un punto controvertido que debe tomarse en serio. No obstante, debe enfatizarse que esto no tiene por qué entrar en conflicto con una soteriología bíblica, es decir, con la creencia en la salvación por la fe y no por las obras.
«No creemos que la restauración de los sacrificios en una dispensación futura suponga un retorno al sistema mosaico del Antiguo Pacto», 1ICE, Thomas D. Why Sacrifices in the Millennium destaca Thomas D. Ice. En la actualidad, los creyentes en Jesús son beneficiarios del Nuevo Pacto (Jer. 31:31), pero este debe instaurarse por completo en el reino mesianico. El reino de Dios está presente espiritualmente, sin embargo, debe establecerse físicamente en el futuro mediante el Nuevo Pacto.
Jeremías nos habla del tiempo en que Israel abrazará el Nuevo Pacto, cuando el «Renuevo» (mencionado anteriormente) reine sobre Israel y el mundo entero:
“En aquellos días y en aquel tiempo haré brotar a David un Renuevo de justicia, y hará juicio y justicia en la tierra. En aquellos días Judá será salvo, y Jerusalén habitará segura, y se le llamará: Jehová, justicia nuestra. Porque así ha dicho Jehová: No faltará a David varón que se siente sobre el trono de la casa de Israel. Ni a los sacerdotes y levitas faltará varón que delante de mí ofrezca holocausto y encienda ofrenda, y que haga sacrificio todos los días.” —Jeremias 33:15-18
Sin embargo, si «la sangre de toros y machos cabríos no puede quitar los pecados» (Heb. 10:4), ¿por qué habrá sacrificios cuando se establezca el reino de Dios en la tierra?
Una de las respuestas a esta pregunta válida e importante es que los sacrificios que se instaurarán durante el Milenio posiblemente se harán como memorial del sacrificio completo de Cristo. Thomas D. Ice afirma lo siguiente:
“El apoyo a un futuro aspecto conmemorativo puede verse en el hecho de que nuestra actual observancia de la Cena del Señor incluye este aspecto (1 Cor. 11:23-26). Bajo el sistema mosaico —que miraba hacia el futuro— muchas veces varios sacrificios del Templo se llaman específicamente «memoriales» (Éx. 30:16; Lev. 2:2, 9; 5:12; 6:15; 24:7; Núm. 5:15, 18, 26). De hecho, esa terminología podría ser la base de nuestra actual comprensión eclesiástica de recordar la muerte del Señor, adoptada por Pablo. El aspecto conmemorativo mosaico apoya claramente la visión de los futuros sacrificios del templo de esta manera, ya que los creyentes milenaristas miran hacia atrás, a la provisión sacrificial de Cristo.” 2ICE, Thomas D. Why Sacrifices in the Millennium
Es importante señalar también que no todos los sacrificios del Antiguo Testamento eran expiatorios ni apuntaban directamente al sacrificio final de Cristo. Algunos eran rituales de purificación para los sacerdotes y los utensilios. Es posible que los sacrificios que se realicen en el Tercer Templo durante el Reino mesiánico cumplan también este propósito, pues es evidente que en el templo descrito por Ezequiel habrá sacrificios para purificar el altar (Ez. 43:20, 2) y los utensilios utilizados en los rituales.
Conclusión
Al igual que los sacrificios nunca pudieron quitar los pecados de nadie (Heb. 10:11), tampoco lo harán en el futuro. Es posible que estos sacrificios cumplan una función memorial y de purificación, pero no servirán para expiar los pecados. No obstante, incluso estos rituales serán temporales, pues una vez concluido el Reino milenial, ya no habrá necesidad de templo alguno, ya que Dios mismo estará presente en la Nueva Jerusalén (Ap 21:22).
Si algo debemos tener claro es que Dios siempre ha querido habitar entre nosotros y, aún más, entrar en nuestros corazones. Este propósito fue manifestado por los antiguos profetas de la Biblia y se hizo realidad a través de Cristo, el Mesías prometido en las Escrituras. La construcción del Tercer Templo de Jerusalén no eximirá a nadie de la necesidad de un arrepentimiento genuino y de confesar su fe en Jesús. Dios no desea morar en un templo, sino en nosotros, por toda la eternidad.
1. ICE, Thomas D. Why Sacrifices in the Millennium [en línea]. Liberty University, 2009, p. 2. Disponible en: https://digitalcommons.liberty.edu/pretrib_arch/60 [consulta: 12 febrero 2026].
2. Ibid., p. 4
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