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¿Es Jesús Dios? ¿Dónde están las pruebas?

Jesús calma la tempestad

Enguardia

Para muchas personas, la identidad de Jesús como Dios o Hijo de Dios es una gran ofensa. Por tanto, no nos debe extrañar que hayan personas que nieguen la deidad de Jesús. En realidad, todas las religiones, sectas cristianas e ideologías lo hacen. Para los musulmanes Jesús solo fue un profeta; para los judíos, un malhechor o un buen rabino; para los budistas e hindúes, un eminente gurú; para los Testigos de Jehová, tan solo un ángel; para los mormones, uno de muchos dioses; para los ateos, un mito, un estafador o un hombre prominente. ¿Quién es, por tanto, Jesús?

Algunas personas alegan que Jesús nunca dijo, literalmente: «Yo soy Dios». El propósito de este ensayo no es el de dar una respuesta a este argumento (aunque también lo hacemos), ya que alegar ser algo no es lo mismo que serlo. En otras palabras, aunque Jesús hubiese alegado ser Dios, no quiere decir que lo fuese. Se necesitan pruebas. Esto es lo que deseamos mostrar a continuación.

¿Dónde están las pruebas?

El juicio de una persona se basa, por lo menos, en dos aspectos fundamentales: las pruebas y los testigos. Sin pruebas ni testigos todo juicio carece de valor. Las pruebas en sí pueden ser muy eficaces si son demostrables; tanto más cuando se contrastan con los testimonios de las personas. 

Cuando hablamos de Jesús, lo mejor que podemos hacer es mostrar la evidencia y los testimonios que confirman a Jesús como Hijo de Dios o, en otras palabras, como Dios mismo encarnado:

Testimonios personales Pruebas testimoniales
1. Dios Padre da testimonio 6. Sus obras (milagros) dan testimonio
2. Los hombres dan testimonio 7. Sus palabras dan testimonio
3. Los ángeles dan testimonio 8. Las profecías dan testimonio
4. El Espíritu da testimonio 9. Su resurrección da testimonio
5. Jesús da testimonio de sí mismo 10.Su vida da testimonio

¿Quién es el Hijo de Dios?

Antes de analizar estos puntos es necesario explicar brevemente quién o qué es el Hijo de Dios. Para algunos el término «Hijo de Dios» es una blasfemia (porque piensan que Jesús es el producto de una relación entre el Padre y María), para otros es simplemente un título honorífico. En realidad, no es ni una cosa ni la otra. 

En el tiempo de Jesús los judios no tenían ningún problema con este término. Lo entendían perfectamente; otra cosa es que lo aceptaran. La Biblia aplica el concepto de hijo con relación a Dios de varias maneras. Por ejemplo:

    1. Israel como hijo. «Jehová ha dicho así: Israel es mi hijo, mi primogénito.» (Éxodo 4:22) «…y los haré volver,…porque soy a Israel por padre, y Efraín es mi primogénito». (Jeremías 31:9;20)

    2. Ángeles como hijos. «Un día vinieron a presentarse delante de Jehová los hijos de Dios, entre los cuales vino también Satanás.» (Job 1:6) 

    3. Reyes como hijos. «Yo le seré a él padre, y él me será a mí hijo.» (2 Samuel 7:14) 

    4. Personas justas como hijos.  «Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios» (Mateo 5:9)

Queda claro, por tanto, que este término no es desconocido, ni tampoco extraño. Ningún judío pensaría que un hijo de Dios o el Hijo de Dios es el producto físico de la relación sexual entre dos entidades. Entonces, ¿es simplemente un título? 

El término exacto «hijos de Dios», en plural, aparece unas once veces en la Biblia. Cinco en el Antiguo Testamento y 6 en el Nuevo. Curiosamente, su homólogo en singular, «Hijo de Dios», aparece una vez en el Antiguo Testamento (Daniel 3:25) [1],  aunque 182 veces en el Nuevo Testamento.El término en singular siempre hace referencia a Cristo. 

Existe, por tanto, una clara diferencia entre los «hijos de Dios» (plural) y el «Hijo de Dios» (singular). Los hijos de Dios son aquellos que hacen la voluntad del Padre (Mt. 5:9). Son enviados por El. Son semejantes a Él. Hablan por Él. Pero, no son Él. El Hijo de Dios, no solo es enviado por el Padre, y hace su voluntad; sino que es Él mismo. Jesús declara: 

«Yo y el Padre uno somos.» (Juan 10:30)

«…yo soy en el Padre, y el Padre en mí» (Juan 14:11)

Sí Jesús es uno con el Padre, entonces quiere decir que el Hijo es uno con Él. Por lo tanto, el argumento de que el Hijo de Dios es solo un título, que nada tiene que ver con su deidad, queda excluido. Es importante dejar esto en claro para poder tener una mejor comprensión de los puntos que explicamos a continuación.

I. Dios Padre da testimonio

Aunque pueda parecer extraño para algunas personas, la primera persona de la Trinidad, el Padre, declaró en varias ocasiones que Jesús es el Hijo de Dios. La primera fue en el bautismo de Jesús (Mt. 3:17; Mr. 1:11; Lc.3:22).

«Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia.» (Mateo 3:17)

Más adelante leemos como Jesús llevó a Pedro, Jacobo y Juan a un monte alto. Allí Jesús se «transfiguró delante de ellos, y resplandeció su rostro como el sol, y sus vestidos se hicieron blancos como la luz». Después se le aparecieron Moisés y Elías. Los discípulos, queriendo adorar a los tres, quisieron construir un tabernáculo. Pero una voz les dijo:

«Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd. Al oír esto los discípulos, se postraron sobre sus rostros, y tuvieron gran temor.» (Mt. 17:1-6; cf. Mr. 9:2-8;Lc.9:28-36)

Después de escuchar su voz los discípulos entendieron que Jesús no era un simple hijo de Dios. Era el Hijo del Dios viviente. Años más tarde, Pedro confirma este evento, quizá también con referencia a su resurrección.

«Porque no os hemos dado a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo siguiendo fábulas artificiosas, sino como habiendo visto con nuestros propios ojos su majestad.» (2 Pedro 1:16-18)

II. Los hombres dan testimonio

Se podría escribir todo un libro describiendo los testimonio de los hombres acerca de Jesús. Puede ser que un escéptico tenga dudas de una voz proveniente del cielo. Pero más difícil es negar los testimonios de las personas. 

Poco antes del bautismo de Jesús, Juan declaró que Jesús era el Cordero que iba a quitar el pecado del mundo (Juan 1:29).  Más adelante, en la mitad de su ministerio, Jesús pregunta a sus discípulos:

«¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre? Ellos dijeron: Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías, o alguno de los profetas.  Él les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Entonces le respondió Jesús: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos… Entonces mandó a sus discípulos que a nadie dijesen que él era Jesús el Cristo.» (Mt. 16:13-20)

Esta cita nos revela varias cosas importantes: 1) Jesús no se hacía a sí mismo un simple profeta; no era «alguno de los profetas», era más que eso. 2) Pedro admite que Jesús es «el Cristo, el Hijo del Dios viviente». 3) Jesús no reprende a Pedro por esta declaración, al contrario, declara que ha sido el Padre quien le ha revelado esta verdad. 

Pero no son solo los discípulos los que declaran la deidad de Jesús. En su crucifixión, justo después de entregar su espíritu, un gran terremoto sacude toda la región.

«El centurión, y los que estaban con él guardando a Jesús, visto el terremoto, y las cosas que habían sido hechas, temieron en gran manera, y dijeron: Verdaderamente este era Hijo de Dios.» (Mt.27:54, cf. Mr.15:39) 

Como todos sabemos, Jesús resucitó al tercer día. Pero no todos estaban tan dispuestos a creer su aparición. Tomás, el discípulo escéptico, declaró que no no creería al menos que viese la señal de los clavos y metiere su mano en su costado. Al parecer Dios le escuchó:

«Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro, y con ellos Tomás. Llegó Jesús, estando las puertas cerradas, y se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros.  Luego dijo a Tomás: Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente. Entonces Tomás respondió y le dijo: ¡Señor mío, y Dios mío!» (Juan 20:26-28)

Tomás no solo declaró que Jesús es el Hijo de Dios, ¡sino que Él es Dios! Que testimonio mejor que el de un escéptico declarando que Jesús es Dios.

Y eso no es todo. Se podrían añadir otras declaraciones. Por ejemplo: Juan 11:27; Mateo 14:33; Juan 1:49

III. Los ángeles dan testimonio

Por otro lado, tenemos los testimonios o declaraciones de los ángeles, incluso antes de nacer Jesús. En el Evangelio de Lucas leemos como Gabriel se le aparece a María declarando que dará a luz un hijo el cual «será llamado Hijo del Altísimo». (Lc. 1:31-33). María, al ser virgen, duda que esto pueda ser posible, por lo que el ángel le responde:

«El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios.» (Lc.1:35)

Gabriel, pues, anuncia antes de su nacimiento que este «Santo Ser» va a ser el Hijo de Dios. Un poco más adelante, el mismo evangelio nos dice que unos pastores ven al Ángel del Señor anunciando que ha nacido un «Salvador», el Cristo. (Lc.2:10-11) Esto mismo es corroborado por una multitud de ángeles, los cuales alaban a Dios diciendo:

«Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra,
buena voluntad con los hombres.» (Lc.2:14)

Así pues, los ángeles anuncian y declaran que el Santo Ser que ha de nacer es el Hijo de Dios, dando gloria a Dios. Además, como vemos en otro lugar, los ángeles también obedecen a Jesús. Justo antes de empezar su ministerio, después de haber ayunado cuarenta días, las Escrituras nos dicen que los ángeles servían a Jesús. (Mt. 4:11) ¿De qué persona podemos decir que los ángeles le obedecen y le sirven?

Aún hay más. ¡Incluso los demonios (ángeles caídos) dan testimonio de su condición como Hijo de Dios!

«Y clamaron diciendo: ¿Qué tienes con nosotros, Jesús, Hijo de Dios? ¿Has venido acá para atormentarnos antes de tiempo?» (Mt. 8:29)

Los demonios reconocen que Jesús es más que un hombre importante, un profeta o un líder. Saben que Él es el Cristo, el Rey que va a juzgarlos y condenarlos. ¿No deberíamos nosotros, mortales, reconciliarnos con Él antes de que sea demasiado tarde?

IV. El Espíritu da testimonio

Sí el Padre, la primera persona de la Trinidad, da testimonio de Jesús, ¿qué hay del Espíritu? Si en su bautismo el Padre dio testimonio de Jesús de forma audible, el Espíritu lo hizo de forma visible. 

«Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua; y he aquí los cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y venía sobre él.» (Mateo 3:16)

Por otro lado, Juan nos dice que la manifestación del Espíritu era una señal de que Jesús bautizaba con el Espíritu Santo, dando testimonio de que Él era el Hijo de Dios.(Juan 1:33-34)

De manera menos directa, la expulsión de demonios también manifiesta la condición de Jesús como Hijo de Dios. 

«Pero si yo por el Espíritu de Dios echo fuera los demonios, ciertamente ha llegado a vosotros el reino de Dios.» (Mt. 12:28)

Las personas estaban sorprendidas del poder que tenía Jesús de expulsar demonios (Mateo 12:23), lo cual hacía «por el Espíritu de Dios». La expulsión de demonios manifestó que el reino de Dios había llegado y que él era el Hijo de Dios.

También, de manera indirecta, el Espíritu da testimonio de Jesús a través de aquellos que lo reciben, porque de su interior corren ríos de agua viva (Jn. 7:37-39). En efecto todos los creyentes podemos dar testimonio de Jesús a través del Espíritu Santo (Jn.14:17; Jn.14:29; Rom.8:9,16; 2 Cor. 3:17; Gal. 4:6,5; 1 Jn. 3:24; Ef. 1:13) 

V. Jesús da testimonio de sí mismo

Como hemos mencionado anteriormente, Pedro dio testimonio de que Jesús es el Hijo de Dios (Mt. 16:16). Jesús también dio testimonio de sí mismo al no negar la declaración de Pedro. Al contrario, Jesús refuerza su declaración diciendo que se lo reveló el Padre.

En otra ocasión, vemos la declaración de un ciego que ha sido sanado. Después de ser interrogado por los fariseos, el ciego se vuelve a topar con Jesús. Él le pregunta:

«¿Crees tú en el Hijo de Dios? Respondió él y dijo: ¿Quién es, Señor, para que crea en él? Le dijo Jesús: Pues le has visto, y el que habla contigo, él es. Y él dijo: Creo, Señor; y le adoró. » (Juan 9:35-38)

Jesús declara que «él es» el Hijo de Dios. El ciego responde creyendo en Él y adorándolo. ¿Puede haber texto más especifico? ¿Se puede ser más claro?

¿Y qué diremos del día en que Jesús habló con la mujer samaritana?

«Le dijo la mujer: Sé que ha de venir el Mesías, llamado el Cristo; cuando él venga nos declarará todas las cosas. Jesús le dijo: Yo soy, el que habla contigo.» (Juan 4:25-26)

¿Y qué diremos del día en que Jesús declaró: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí»? (Juan 14:6)

¿O cuando manifestó: «Yo y el Padre uno somos?» (Juan 10:30)

¿O cuando le dijo a Felipe: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre»? (Juan 14:8-9)


VI. Sus obras (milagros) dan testimonio

Si los testimonios no son suficientes, siempre podemos recurrir a sus milagros. Tan solo examinando sus obras, cualquier persona podría llegar a la conclusión de que Él es, sin duda, el Hijo del Dios Altísimo.

«Creedme que yo soy en el Padre, y el Padre en mí; de otra manera, creedme por las mismas obras.» (Juan 14:11)

¿Y qué más se puede decir de un hombre (sí es lícito llamarlo hombre) que caminó sobre el agua, alimentó a miles de personas con una migajas de pan, convirtió el agua en vino, sanó a ciegos y paralíticos, sacó fuera demonios, resucitó a personas, calmó las tempestades, y salva a la gente?

Las obras de Jesús son tantas que «si se escribieran una por una, pienso que ni aun en el mundo cabrían los libros que se habrían de escribir» (Jn.21:25) Por eso, en el siguiente artículo (Todos los milagros de Jesús) podéis ver una lista completa de los milagros de Jesús descritos en los evangelios.

VII. Sus palabras dan testimonio

En ocasiones son las obras, los hechos, los que demuestran la veracidad de algo. No obstante, un testigo o un acusado poco haría sin palabras. Sus propios dichos y palabras manifiestan quien es Jesús. En efecto, según Juan, el Hijo de Dios es el Logos, el Verbo, la Palabra de Dios (Jn 1:1-5). Esta verdad es manifestada a través de sus palabras y Palabra. Jesús dijo:

«He manifestado tu nombre a los hombres que del mundo me diste; tuyos eran, y me los diste, y han guardado tu palabra. Ahora han conocido que todas las cosas que me has dado, proceden de ti; porque las palabras que me diste, les he dado; y ellos las recibieron, y han conocido verdaderamente que salí de ti, y han creído que tú me enviaste. … Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad.» (Juan 17:6-8;17)

El texto nos dice que los discipulos reconocieron a Jesús por las palabras que le dio el Padre, las cuales ellos «recibieron», reconociendo que el Padre lo había envíado. La misma Palabra fue la que los santificó. Si Jesús no fue realmente el Hijo de Dios, el Logos, el creador del universo (Juan 1:3), podríamos esperar que sus palabras tuviesen errores. En otras palabras, podríamos oler la mentira. Pero, ¿es este el caso?

«Desde entonces muchos de sus discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con él.  Dijo entonces Jesús a los doce: ¿Queréis acaso iros también vosotros? Le respondió Simón Pedro: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído y conocemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.» (Juan 6:66-69)

Pedro declaró que Jesús tenía «palabras de vida eterna», reconociendo que Él era «el Cristo, el Hijo del Dios viviente.»

VIII. Las profecías dan testimonio

Tantas profecías hay en la Biblia que es difícil determinar un número exacto. Muchas de estas hablan directa o indirectamente de Jesús. Se han calculado unas cuatrocientas alusiones proféticas y diez profecías directas. Quizá una de las más famosas es la que encontramos en Isaías 53:

«Despreciado y desechado entre los hombres… llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados… Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros. Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca… y fue contado con los pecadores, habiendo él llevado el pecado de muchos, y orado por los transgresores.»

Los evangelios citan o aluden a muchas de estas profecías. Por ejemplo, en Mateo 12 (cf. Is.42) menciona la profecía del siervo que «no contenderá, ni voceará…y en su nombre esperarán los gentiles». Mateo 2:6 cita una profecía que establece el lugar donde había de salir el Mesías (Miqueas 5:2). Jesús, incluso, leyó en la sinagoga una profecía (Lc. 4:16-21; cf. Is.61:1-2;58:6), concluyendo: «Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros.» ¡Jesús mismo declaró que las profecías se estaban cumpliendo en sus días!

Además de las profecías que encontramos en el Antiguo Testamento, tenemos las profecías anunciadas por Jesús. Por ejemplo, Jesús dijo que el Templo de Jerusalén sería destruido (Mt. 24:1-2). Cuarenta años después de su muerte, Jerusalén fue arrasada y el Templo destruido por completo, tal como había predicho. Jesús, además, predijo su propia muerte, la traición de Judas, la negación de Pedro, lo que acontecerá en los últimos días, etc.  

IX. Su resurrección da testimonio de sí mismo

No hay tema en la historia más contencioso que el de la resurrección de Jesús.  Desde los primeros momentos, dónde leemos en los evangelios que los fariseos se aseguraron de que nadie robase el cuerpo de Jesús (Mt. 27:62-66), se ha hecho todo lo posible para negar el relato de la resurrección del Mesías. Pero lo cierto es que la resurrección es uno de los hechos mejor atestiguados de su vida. 

No es este el momento para detenerse a examinar este asunto. Ya muchos libros y tratados se han escrito sobre este tema. No obstante, podemos hacer las siguientes observaciones acerca de la resurrección:

    1. Poco después de su muerte hubo un cambio inmediato en los discípulos. Vemos como pasaron de estar decaídos a estar gozosos y entusiasmados; de huir a dar la cara; de dudar a tener fe; de rechazar a proclamar.
    2. Poco después de su muerte sus discípulos empezaron a proclamar el evangelio, incluso arriesgando su propia vida. Hay evidencia de que su proclamación empezó bien temprano. No fue un relato inventado a posteriori. 
    3. Vemos cambios radicales en personas escépticas. Por ejemplo, Jacobo (Santiago), el hermano de Jesús, no creyó en Jesús durante su ministerio. Por otro lado, Pablo persiguió vehementemente a los primeros cristianos. No obstante, los dos tuvieron cambios trascendentales. Jacobo acabó siendo un líder en Jerusalén y murió como mártir. Pablo, por otro lado, fue uno de los apóstoles más destacados, siendo el autor de la mayoría de las epístolas. Según la tradición, murió como mártir.

¿Cómo puede ser que hubiese un cambio tan radical en sus seguidores, los cuales lo desampararon (Mt. 26:31) e incluso rechazaron (Mt. 26:34)? Si todo fue una mentira, ¿cómo pudo transformar las mentes de escépticos cómo Jacobo, Pablo e incluso Tomás? ¿Qué persona moriría por una mentira, siendo consciente de ella? 

X. Su vida da testimonio

La mejor prueba que tenemos es el testimonio que nos ha dejado de su vida. No hay hombre que haya caminado de manera más recta y justa que el Hijo del Hombre. Jesús nunca cometió pecado. Nunca mintió, insultó, mató, envidió, robó, adulteró, ni codició. Todo lo que hizo lo hizo con amor, verdadero amor. ¿Y qué amor más grande que el de poner la vida por los demás?¿Qué más se puede decir de un Rey que se hizo siervo, sacrificando su vida para salvar incluso a sus enemigos? ¿Que persona más grande que aquella capaz de sanar, resucitar, perdonar, transformar y vivificar? 

Jesús no fue tan solo un profeta o rabino. No fue un espíritu ni un gurú. Tampoco fue producto de la imaginación del hombre. Jesús fue el Hijo de Dios, el Cristo, el Camino, la Verdad, la Vida. Los hombres, los ángeles, el Padre, el Espíritu y Él mismo dan testimonio. Sus milagros, su Palabra, las profecías, la resurrección y su vida son prueba de ello. ¿Lo crees?

«He aquí, yo estoy a la puerta y llamo;
si alguno oye mi voz y abre la puerta,
entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo.»

Apocalipsis 3:20


[1] «Hijo de Dios». Daniel 3:25. Algunas versiones leen: «hijo de los dioses». Esto se debe a que Elohim o Elohin (arameo) es en forma plural (lo que apunta a la Trinidad). No obstante, Elohim casi siempre se traduce como «Dios» no «dioses». La King James Version lee «Son of God», Hijo de Dios. Posiblemente sea esta la traducción correcta. Sea cómo sea, la diferencia entre «hijos de Dios» e «Hijo de Dios» es clara.

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